Qué es el arte

El arte es una noción abstracta, fruto del concepto del ser humano, de su obra y de la naturaleza. Depende de cómo ve la sociedad el mundo en su época, el mundo de cada época. Pero, sin embargo, es atemporal, porque el observador de la obra de arte la interpreta según su sistema de valores actual, revalorizándola cada vez. El observador de una obra de arte se convierte, así, en artista.

Las primeras manifestaciones de lo que llamamos arte están relacionadas con la magia: las pinturas rupestres, las estatuillas de dioses, etc. Según Lévy-Strauss es la combinación del mito primitivo y la habilidad técnica. Pero lo que llamamos arte ha evolucionado hasta dejar de tener ese sentido mágico para pasa a tener, exclusivamente, un sentido estético. En todas las épocas ha habido una tensión entre estética y didáctica, según el concepto y la función que se tuviera del arte. Según las épocas ha dominado una u otra.

A Marcel Duchamp le importa poco haber producido la obra con sus propias manos, lo importante es que la ha elegido, la ha tomado de un elemento normal de la realidad y lo ha dispuesto de tal forma que pierde la función para la que ha sido creada, y adquiere un nuevo pensamiento para el objeto: puede ser pensado como obra de arte. Lo importante no es lo que de realidad tiene el arte, sino la interpretación que se hace de esa realidad, el lenguaje del arte.

Desde Grecia el arte ha estado vinculado a la naturaleza, la cual se interpreta de forma más o menos idealizada o realista. Aunque la forma de imitar la naturaleza cambia con las épocas. Sin embargo, siempre ha habido una tensión entre realismo y abstracción, entre la imitación fiel y la idealización más o menos simplificada. La abstracción llegará a su punto culminante en el siglo XX, con la abstracción no figurativa, que Kandinsky llamaría arte total.

Desde el siglo XVIII el arte se concibe como un juego, el arte por el arte, que dirían los románticos, la estética pura, y el elemento decorativo sin más complicaciones. Pero el arte también, en la medida que interpreta la realidad, sirve como espejo de la época, y como vehículo de denuncia social y de transformación humana.

En el siglo XIX el liberalismo adopta una nueva concepción de lo que es el arte, la proyección de la personalidad genial del artista y de sus sentimientos; como Van Gogh que expresa subjetivamente su psicología. Aparece en el arte una tercera tensión: entre la imitación fría y la expresión. El expresionismo en el arte lo encontramos en todas las épocas, pero nunca tan claramente como en el siglo XX.

La fotografía ha liberado al arte de su obsesión por la imitación, por lo que ha de buscar otros caminos que le definan y le individualicen.

No hay, pues, un concepto de arte universal, ni un lenguaje universal del arte, cada época y cada cultura tiene el suyo e interpreta las manifestaciones artísticas desde su punto de vista.

El arte para los egipcios

Para los egipcios el arte es la representación de la divinidad, los faraones la vida de ultratumba y el más allá.

El arte egipcio se caracteriza por su gigantismo, su hieratismo y su serenidad. Sólo la vida espiritual es digna de representación.

El arte para los griegos y los romanos

Esta es la que se conoce como época clásica del arte, y de la historia de la humanidad. En ella es el ser humano lo que merece ser representado.

Para los griegos el arte busca el hombre ideal, sin defectos, y para los romanos el hombre real, el retrato, en el que se destacan las virtudes del hombre concreto. Se busca la perfección del cuerpo humano; para lo que se utilizan arquetipos en perfecto equilibrio.

El arte para los cristianos

Para los cristianos el arte es la representación alegórica de la divinidad. Se usa el símbolo: el pez, la paloma, el buen pastor, la cruz; como imagen de Dios. Se puede sacrificar la representación fiel de la naturaleza hasta llegar a ser inexpresivo y estético, porque las cosas no representan lo que son, sino que hacen referencia a otra cosa: tienen un rol.

En el arte románico se da la liberación del peso del tema. Aparecen el pantocrátor, el Cristo en majestad, el Hijo de Dios omnipotente, la Virgen de los cielos, etc. Todas las señales de identidad del universo iconográfico cristiano.

El arte comienza a preocuparse por la representación de la naturaleza cuando se empieza a ver en ella la obra de Dios, y por lo tanto es, también, digna de ser representada. Un proceso que comienza en torno al año 1000. Es la época de Bizancio y la del gótico, pero sin abandonar su función didáctica y su expresividad, ni su intención de conmover. La obra de arte pasa de ser belleza sentida a ser belleza espiritual, gracias a su simbolismo transcendente.

El arte en el Renacimiento

En el Renacimiento el hombre recupera su protagonismo como primer objeto artístico, según la tradición grecorromana. El hombre es la obra más perfecta de Dios. Se recupera el retrato y la naturalidad sin hieratismo, de la mano de la nueva burguesía.

Se pinta la figura humana, independientemente de lo que represente, virgen o cortesana, Apolo o Cristo, lo que importa es la figura humana. El tema interesa poco, pero sí lo bello frente a lo representativo.

El objeto del arte es el mundo natural, la imagen del mundo que se identifica con la civilización. Hay un nuevo humanismo y una mentalidad burguesa que busca al hombre ideal en equilibrio con la naturaleza.

En su última etapa, cuando está conseguidas todas las soluciones técnicas, se pinta a la manera de…, es el manierismo, que utilizará todos los tipos clásicos de manera virtuosa.

El arte en el Barroco

En el Barroco la figura humana se alza como objeto decisivo del arte, pero no en su forma idealizada, sino en cualquier aspecto, ya sea este bello o feo, sublime o cotidiano. Además, aparecen, también, otros temas más banales, que toman carta de naturaleza y se ponen en primer plano de la composición, como los animales, lo inanimado, la caza, los bodegones, los trabajos, etc. La consigna es el realismo.

En holanda la escuela flamenca aprecia el intimismo como un valor dentro del arte. Aparecen los primeros paisajes como protagonistas, aunque siempre humanizados.

En su última etapa el rococó lleva al arte el triunfo de la pura estética y la belleza intrascendente.

El arte en el siglo XIX

Ante lo intrascendente del arte rococó hay una reacción neoclásica, en la que se entiende el arte como un medio de educación, didáctico, al servicio del racionalismo estético y el espíritu crítico. Se recuperan los temas clásicos y mitológicos. Con lo que se desvinculan los temas representados de la propia época. Pero estos toman un carácter moral, la moral de la burguesía capitalista que empieza a triunfar.

No obstante, como reacción aparece el romanticismo que trata los temas de su tiempo, y expone la concepción de la vida burguesa. Aparecen los paisajes como motivo central, lo que implica un cierto distanciamiento de la función didáctica y una aproximación a la función estética.

Aquí también se encuadra la figura de Goya, una personalidad genial que representa lo feo y lo expresivo como forma artística.

La revolución contemporánea

El impresionismo inicia el camino hacia la abstracción, una de las aventuras más apasionantes del arte: la consecución de la belleza artística por sí misma, sin vínculos con el mundo real. Ya no se imita a la realidad, se interpreta de manera más o menos real. Cada vez se da más importancia al color, a la forma, al paisaje y a las sensaciones que produce su combinación en la composición, y menos a su vinculación con la realidad. Una obra es bella por las combinaciones de colores y por sus formas, no por su parecido con la naturaleza.

El expresionismo apela a la intimidad y a la intuición, trata de conmover despertando los fantasmas subjetivos que cada uno llevamos dentro, en un mundo desquiciado por la tecnología, las guerras mundiales y el capitalismo industrial.

En el siglo XX se producen las rupturas con el lenguaje artístico que ha venido siendo aceptado desde el arte clásico. Se subvierten las relaciones entre forma y contenido, la hegemonía del inconsciente, de la reconstrucción mental de la obra. Al espectador se le exige una nueva actitud ante la obra de arte.

Fruto del fenómeno urbano surge una nueva arquitectura que rompe con todas las tradiciones. Es un arte urbano para una sociedad urbana. Hay una tensión radical entre abstracción y figuración, que tiende a la pureza y a la simplificación del mensaje.

El lenguaje del arte: la obra

El arte tradicional estaba obsesionado con la reproducción fiel de la realidad. En los estudios de pintura se dedicaban cuatro años a aprender la técnica del dibujo, y otros cuatro años a aprender la propia técnica de la pintura. Pero la fotografía acabará con todo esto, ahora hay un modo de reproducir la realidad fielmente, y mecánico, al que no se le puede hacer la competencia sino es con el color. Por lo tanto, para que la pintura continúe teniendo sentido, es necesario potenciar el color y romper con la figuración, es preciso encontrar un nuevo lenguaje, la semántica profunda de la pintura y de todo el arte, tratar de descubrir las leyes que rigen la comunicación por signos y figuras, la expresividad de la línea y el color.

Hoy en día es necesario interpretar la obra de arte según el contexto en el que se realiza, se hace preciso conocer las otras obras del autor, su pensamiento a cerca de la obra de arte; y también otras obras de arte contemporáneas y de otros autores. El objeto físico se concibe como objeto estético en atención a sus cualidades formales y, sobre todo, por los aspectos dinámicos de expresión e interpretación. El objeto es pensado de forma diferente, según las leyes internas que dan la pista de la interpretación pero sin renunciar a la intuición. ¿Porqué dos obras formalmente iguales una es inolvidable y se queda permanentemente en nuestra retina y la otra no? Kandinsky afirmará que por sus aspectos espirituales.

Existen diferentes interpretaciones de una misma obra de arte. Cada uno ve cosas diferentes según las vivencias personales y el conocimiento del lenguaje codificado en esa obra. Se analizan la forma y el contenido, si es posible distinguirlos, el soporte, el color, el dibujo, el volumen, la perspectiva, el tema, la composición interna, etc. Pero todo esto es lo que hace iguales a todas las obras de arte. La genialidad de una sobre lo anodino de otra está, no en lo que es igual, sino en lo que es diferente.

La obra de arte es una estructura dinámica que necesita de la interpretación, de la interacción activa con el observador. Este es un debate muy profundo entre la figuración y la abstracción. ¿Cuánto más se parezca una obra de arte a la naturaleza, es más fácil o más difícil que el espectador sea capaz de captar los aspectos psicológicos? Según Kandinsky la figuración dificulta la apreciación de los aspectos pictóricos, porque llevan implícitos otros mensajes además de los puramente estéticos. Es necesario tener actitudes mentales diferentes a las habituales cuando observamos una obra de arte.

La obra de arte es intencional, busca expresar algo, o provocar sentimientos y ciertas reacciones como placer, angustia, miedo, etc. Esto implica una formación ideológica del artista y del observador, y una recreación de la obra cada vez que se ve, convirtiéndose, así, el espectador en artista. Esta es la diferencia entre una obra muerta y una obra viva, la consecución de ese objetivo.

Con las nuevas tecnologías la obra del artista deja de ser única. La fotografía, el cartel y la reproducción hacen perder exclusividad a la obra, pero no por ello su fuerza expresiva.

El debate entre las obras figurativas y las no figurativas está en la forma artística. Se trata de saber cómo organizar la materia, cuál es el orden dentro de la composición y cuál su estructura, y si seguir o no los modelos científicos. Son funciones plásticas de elementos referenciales que hacen alusión a la cultura o al mundo visual real.

Pero existen también funciones autónomas que crean sensaciones independientemente, porqué apelan al subconsciente: el color, la cercanía o la lejanía, la intensidad, etc. Las obras de arte tienen muchos significados, que se pueden descubrir en la propia obra o en los textos literarios referentes a ella, y que aportan nuevos puntos de vista.

Desde el punto de vista semántico se tiene en cuenta un haz temático primario en el que se reconoce la obra y la semejanza con otras imágenes conocidas. También hay un haz temático convencional en el que aparecen los significados añadidos por la historia, la crítica y las convenciones sociales. Además, hay un haz temático intrínseco que hace referencia a la iconografía cultural de los símbolos. Y por último, hay un haz temático sintagmático en el que aparecen el significado de la propia composición, su estructura y la psicología del creador y el observador.

Cada época tiene unas normas estéticas en las que se reconoce. Son los estilos artísticos sobre los que se estudia en la Historia del Arte, y que una vez conocidos entran a formar parte del acervo cultural que ayuda a la interpretación de la obra de arte en nuestros días. El culto al individualismo es propio del siglo XIX y XX y ha significado la ruptura de la unidad de estilo. Se prima la innovación ante todo, y la genialidad del artista.

Por último, la función del arte en nuestros días es la expresar la cultura y la sociedad en la que vivimos, con códigos más o menos universales que van más allá del lenguaje. Su estudio resulta fundamental para comprender lo que los hombres piensan: de su época, sobre sí mismos, Dios, la naturaleza, las instituciones, etc. El arte ayuda a comprender cómo era el mundo de épocas pasadas cuando estas eran presente, pero, además, ayuda a entender la sociedad actual.

Bibliografía

Rafael Argullol: «Tres miradas sobre el arte». Destino. Barcelona 1989
Antonio M. Casas: «El arte de hoy y ayer». Labor. Barcelona 1971
Sergio Givone: «Historia de la estética». Tecnos. Madrid 1990
Simón Marchán Fiz: «El universo del arte». Temas Clave. Salvat. Barcelona 1981
Vasily Kandinsky: «De lo espiritual en el arte». Labor. Barcelona 1988

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