La ciencia en España no necesita tijeras

Ahíto me tienen los políticos mediocres que nos gobiernan, y los que pretenden hacerlo. Se les puede ver matándose a brazos por conseguir los Juegos Olímpicos y son incapaces de sentarse a reflexionar sobre cómo salimos de la crisis que nos atenaza. Parecen pensar que es suficiente esperar a que pase, lo antes y mejor posible, para recoger los frutos. Se creen que con conseguir que no todo el mundo se muera de hambre ya lo han hecho todo, como si sobrellevar la crisis fuera lo mismo que hacer algo por salir de ella.

Cualquiera con dos dedos de frente sabe qué hay que hacer para salir del pozo: encontrar nuevos nichos de negocio, nuevas formas de producir más eficientes y baratas, nuevas formas de producir energía, nuevas maneras de conseguir el mismo confort del que disfrutamos hoy en día pero consumiendo menos recursos: materias primas, energía, y generando, en definitiva, menos residuos. ¿Es esto tan difícil?

Pues sí, hacer todo eso es difícil, para ello se requiere, inexcusablemente, de la investigación científica. Sin ella estamos perdidos. La investigación científica no es un lujo de ricos, es la base de todo nuestro mundo. La investigación científica es el pedestal sobre el que se apoya cualquier avance tecnológico, que genera negocios, confort y desarrollo. ¿Cómo es posible que en un país como España se piense en recortar los presupuestos para la investigación científica? Es un suicidio, es cerrarse las puertas del futuro.

A nadie se le escapa que la investigación científica no da frutos de hoy para mañana. La falta de inventos de hoy se debe al regateo de dinero para la investigación de ayer. ¿Queremos repetir la experiencia? ¿Queremos encontrarnos, el día de mañana, comprando patentes fuera? ¿Queremos hipotecar, una vez más, nuestro futuro?

No es la primera vez que apostamos por esa política suicida, ya nos costó, en su día, perder el tren del desarrollo; con lo que conseguimos convertir a este santo país en uno de los más pobres de Europa. Era en los tiempos en los que Unamuno decía aquello de ¡Qué inventen ellos! Y así nos fue.

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