¿Para qué sirve la retórica?

Tres son las artes que debemos cultivar para entender el mundo y para comunicarlo y hacerlo entender a los demás: la dialéctica, la retórica y la oratoria. Se trata de artes, y como tal tienen unas técnicas que se pueden aprender.

La dialéctica es el arte de construir los argumentos, la retórica es el arte de exponerlos y la oratoria el de decirlos. Con la oratoria hacemos distinción entre los discursos escritos y los orales, aunque ambos sean discursos.

Para ser eficaces, nuestros discursos comenzarán por armar bien los argumentos, de eso se ocupa la dialéctica, pero una vez bien armados es necesario ordenarlos y exponerlos claramente para que sean conocidos.

Es posible construir un discurso apelando únicamente a las pasiones, sin ningún argumento válido en él, pero serán los argumentos los que, a la postre, debamos valorar para decidir quién tiene o no razón.

A la hora de escribir un discurso debemos atenernos a esos argumentos que hemos armado, sin que nos falte ninguno, y sobre todo, pecado en el que suele caer mucha gente, sin introducir a última hora argumentos ni aspectos nuevos que no se hayan tratado. La exposición de los hechos, especialmente cuando estos son comprobables, y las argumentaciones claras serán los puntos fuertes en los que apoyarnos.

La exposición de los argumentos ha de tener en cuenta la preparación del público, lo que el público sabe del asunto que tratamos, de manera que si es versado en él debemos procurar no decir obviedades, pero si no lo es deberemos empezar por lo más sencillo para que no pierda el hilo. No tendremos la atención del público si abusamos de un lenguaje o un modo de exposición que no permita seguir nuestro razonamiento. El lenguaje oscuro puede impresionar al principio, pero cuando el escuchante ha de valorar la validez de los argumentos se inclinará por lo que ha llegado a entender. Como decía Lucrecio solo los tontos se dejan seducir más por las palabras oscuras que por los argumentos.

En el caso de una discusión podemos perderla si no logramos que el público entienda nuestros argumentos, especialmente cuando sobre lo que discutimos no son hechos si no opiniones, y existen diversas posturas válidas. Deberemos tener especial cuidado, entonces, en evitar el lenguaje emotivo, y las trampas argumentales que utilicen nuestros adversarios, para ponerlas en la picota. Sin embargo, esto solo lo podremos hacer si conocemos la técnica, si no obramos por intuición.

Así pues, saber la manera de exponer nuestros argumentos nos dará una gran ventaja a la hora de comunicar nuestra visión del mundo, atendiendo a las características del público; por el contrario, de nada nos servirá tener unos buenos argumentos, ni siquiera la razón de los hechos, si no sabemos exponerlos de manera adecuada para que todo el mundo los entienda y se ponga de nuestra parte.

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